5.10.12

Los exagerados


Los exagerados son personas delicadas. Es necesario tener cuidado con ellos: hay que dosificarles las noticias, darles las explicaciones pertinentes para evitar que se hundan en los extremos. La aparición de un dolor mínimo se convierte en sus cabezas en el origen de una enfermedad fatal. Un mísero intercambio de opiniones, la causa de un potencial divorcio. Una buena noticia puede matarlos de alegría. Los exagerados no pueden permanecer mucho tiempo en el punto medio, apenas llegan a rozarlo en su frenético ir y venir de un extremo a otro. 
Para conservar algún destello de salud mental, los exagerados tienden a rodearse de gente que les pone un cerco a sus exageraciones, ya sea a fuerza de carcajadas o a fuerza de explicaciones. Lejos de ofenderse, los exagerados esperan ese límite, esperan que alguien conjure la catarata de ridiculeces que se les ocurre por segundo. La exageración desbocada ahoga y se alimenta a sí misma como un monstruo sobrenatural. 
Pocos saben el esfuerzo diario que los exagerados llevan a cabo todos los días para vivir en sociedad ni todo lo que callan antes de confesar eso que les ha acicateado la mente durante horas. Paradójicamente, es el exagerado el que más sabe de autocontrol pero no lo dice porque teme estar exagerando. No hay exagerado que no piense que es él el más exagerado del planeta. Tampoco lo dice, salvo que haya encontrado algún modo de expresión que le permita decirlo como quien no quiere la cosa, decirlo mientras parece que está diciendo, en realidad, otra cosa. 

27.8.12

Duelo


Ella quería morirse mientras dormía. Quería morirse como lo había hecho su propia madre: sabiendo que se moría, con el tiempo suficiente para despedirse de todos. Ella no quería depender de nadie. Y nosotros siempre supimos –inexplicable pero incuestionablemente- que el final iba a ser así. Supimos también que ese final había empezado ese viernes en el que trastabilló y cayó y, aunque no se rompió ni un hueso, decidió que ya había sido suficiente. Supimos que ese final había empezado cuando, por primera vez en casi 98 años, decidió quedarse en la cama y esperar. 
Esperó durante dos semanas que fuéramos llegando. Se dejó cuidar, aunque cada tanto oponía resistencia. Pidió con insistencia que la dejáramos seguir su camino. Soñó que su madre la esperaba en la casa natal. Había dejado todo listo: en su casa sólo había lo imprescindible y aquellas cosas que quería que conserváramos. La austeridad también es una herencia. 
Yo llegué tarde para los últimos diálogos. No los hubo. Sólo hubo frases sueltas, algunas miradas, un dejarse tomar la mano. Ya no pedía nada, no quería nada, rechazaba lo poco que podíamos ofrecerle, excepto la compañía. La decisión era clara. 
Un 23, pero de mayo, había nacido su hijo hoy desaparecido. Un 23, pero de octubre, había muerto su primer hijo. Un 23, pero de agosto, a las 23:00, ella se dejó llevar por el sueño en el que venía sumergiéndose los dos últimos días. La noticia: golpe enceguecedor en la nuca a pesar de.
La muerte es siempre una mala sorpresa. En el fondo, nunca es lo esperable aunque lo sea. La tristeza no es más liviana ni menos profunda. Me quedan su austeridad, su coherencia, su dignidad. Su terquedad y su altura imbricadas en mi ADN. Y este vacío ahora, mucho más grande de lo que hubiera podido imaginar. Y este dolor así, que yo sola siento, que viene a apilarse con el otro y a fundirse en una misma y única cosa.